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La Señorita Colombia 2009 espera sorprender en Miss Universo

Sorprender. Esa es la palabra que más le gusta a Michelle Rouillard, la reina con la difícil tarea de superar el virreinato mundial de Taliana Vargas.

Lista, con un cuerpo de infarto, un carisma discreto que solo saca a flote al interactuar y un ‘look’ de modelo internacional, se parece más una mítica estrella del cine… ¿y quién quita? Tal vez nos dé la sorpresa.

Está decidido: ¡Me voy a cambiar el nombre!
-Michelle Rouillard, ¿estás segura de lo que estás diciendo?
-Sí, me quiero llamar Micaela. Micaela Estrada.

La casa del francés Patrick Rouillard y la colombiana María del Mar Estrada, en Popayán, quedó en silencio con la noticia. Pero solo fueron unos segundos. Después todo volvió a la normalidad, al fin y al cabo ya estaban acostumbrados a que, en cada llamada desde Montreal (Canadá), la mayor de sus hijas soltara un dato sorprendente: como el día en que llamó a contar que la habían despedido del restaurante en el que trabajaba como mesera por haberse peleado con un cliente que se lo tenía bien merecido. Sorprender. Esa es una de las palabras que más le divierten.

Es como si desde pequeña hubiera tomado un curso intensivo para ganarle el partido a la costumbre en una ciudad que, según sus propias palabras, poco a poco se iba quedando pequeña y quieta. Fue en una de esas, por ejemplo, cuando vio que su papá traía unas rocas inmensas para el jardín de la casa y a ella se le ocurrió la idea de vender piedras exóticas, importadas desde el país más absurdo y remoto que encontró en un mapa. Lo peor del cuento es que encontró compradores, aunque aún hoy no sabe si los clientes aceptaron medírsele al negocio por lástima o porque, de verdad, se creían el cuento. Después de que el comercio de las piedras fracasó optó por una opción más tropical: el mango.

Sí, la reina de los colombianos vendió mangos y también flores en el jardín de su casa. Aunque esta historia, la de vendedora, no le guste mucho a su mamá: ¡Los mangos se los robaba de la nevera de la casa y las flores, del jardín de la vecina!
Lícitas o no, las primeras actividades de la soberana le mostraron el camino: lo suyo eran los negocios, aunque por ahí se atravesó cierto amor por otra profesión.

-¡Todavía muero por Michael Jackson! También copiaba las coreografías y el vestuario de Britney y a veces montaba espectáculos y los presentaba en la casa.

Aún tengo cuadernos en los que anotaba los horarios de ensayos y de descansos. Era absolutamente disciplinada.

Una vida muy light, pensarían. Pero no. Si Britney y Michael Jackson le llamaban la atención, no era precisamente por lo tentador que puede resultar el mundo de la fama. Detrás de su afición, la Rouillard se traía entre manos un nuevo negocio: el diseño. En su colegio, el Champagnat, de Popayán, Michelle ya era la diseñadora estrella, respaldada por una de sus tías. No había presentación cuyo vestuario no tuviera la firma de la payanesa con apellido francés. Y fue precisamente eso, la intención de ser diseñadora, lo que la hizo volar hasta Canadá.

Michelle se reconoce introvertida, pero la vida está empeñada en demostrarle lo contrario. Parece que durante años hubiera tenido oculta la vocación para hablar sin parar.

-Aquí podría tenerte hasta la medianoche-, me dice su chaperona mientras vigila a un par de personajes que se sentaron justo en la mesa de al lado y cuyo tema de conversación parece ser tan poco interesante que prefirieron concentrarse en el nuestro.

-Ya nos llegaron espías. Eso de ser Señorita Colombia no es fácil. Ni siquiera en el café más secreto, vestida como un ciudadano del común, se está a salvo de los cazadores de noticias. Nos movemos. Instalados en una de las mesas del fondo reconoce que en Canadá conoció el fracaso. A las pocas semanas de su llegada se dio cuenta de que lo suyo, definitivamente, no era el diseño y volvió a los negocios.

Se matriculó en la universidad, aprendió inglés y francés (‘de la calle’, como ella reconoce), trabajó como secretaria y terminó como contadora de una empresa, hasta que, nuevamente, se aburrió.

Ahora pueden imaginarse a esta escultural mujer de ojos verdes, sola, en Canadá, sentada frente a un mapa, buscando un destino para darle un nuevo aire a la vida. El índice pasó por Londres y por Madrid, pero gracias a una inmensa cantidad de trámites burocráticos, terminó desistiendo de esas posibilidades. Alguien le dijo que en el Cauca, en su natal Colombia, buscaban reina.
-Lo primero que pensé es que no servía para ser reina. Soy demasiado radical, manejo mi propio tiempo, vivo sola desde los 16, con mis propias reglas.

Pero terminó de reina. Al país volvió con dos maletas, después de vender todo lo que tenía en Montreal.
-Lo que no vendí, lo llevé a un lugar donde rematan cosas a precios bajos.

En unos cuantos meses se convirtió en la Señorita Colombia, pese a aquellas voces que la señalaban por no ser la más espontánea y por no lanzarse a devorar las cámaras de TV.

-Me pedían que sonriera más, que hablara más. Querían que jugara al papel de reina. Me negué. Si iba a ser reina no podía fingir un papel durante 365 días.
La estrategia le funcionó. Con ese aire sereno y contundente, en medio de respuestas convulsionadas (fue la misma noche del “hombre con hombre y mujer con mujer”), Michelle coronó. Pero sabía que esta segunda parte de su vida, que comenzó el día en que renunció a su carácter indomable para ser candidata en un reinado, no había concluido.

En uno de los pocos días libres de su agenda, sentada frente al espejo de su casa en Popayán, se convenció de que había algo que no le gustaba. A su lado, como por una loca señal, tenía una peluca de pelo corto, fucsia, que usó en algún Halloween. Se la puso. Solo eso fue suficiente para bajar y contarle a su mamá que había llegado el momento de que una Señorita Colombia llegara a Miss Universo con el pelo corto. A doña María del Mar también le gustó.

De aquí en adelante, la historia se volvió noticia. Buscaron a un gurú del mundo del maquillaje y de repente la reina de los colombianos reapareció, con el pelo rojo y hasta los hombros. Lo que pocos supieron es que durante las semanas siguientes el pelo siguió disminuyendo, en secreto, con la complicidad de una peluquera de Popayán, la misma que toda la vida ha atendido a su mamá. Ahí está pintada. A Raymundo le gustó. A mucha gente le gustó. A otra no tanto y se lo hicieron saber: una de ellas, incluso, fue capaz de seguirla durante más de cinco calles en pleno Carnaval de Barranquilla gritándole ‘¡Fea, fea!’.

Michelle se divierte contando sus historias, porque sabe que tarde o temprano llegará el momento de sacarse el clavo. Mientras la prensa sigue discutiendo si debe o no tener el pelo corto, si se le ve o no se le ve bien, ella ya tiene listos trece looks diferentes para Miss Universo, a finales de agosto, además, con la disciplina que adquirió desde niña, cuando anotaba en un cuaderno sus rutinas hora por hora, está empecinada en llegar al concurso mundial con un cuerpo que deje a todos con la boca abierta.

Categorías:Reinado
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